sábado, 5 de junio de 2010

Rabia

Absorbente y asfixiante thriller que supone el debút dentro de nuestra cinematografía del realizador ecuatoriano Sebastián Cordero, después de alcanzar un éxito inusitado con su anterior film “Ratas, ratones, rateros” (1999), que cuenta con el aliciente añadido de ser la gran ganadora del Festival de Málaga (mejor película, actor secundario, fotografía y el premio del público para su protagonista, el mexicano Gustavo Sánchez Parra) y con la inmejorable publicidad que da el hecho de haber sido producida por el mismísimo Guillermo del Toro.
“Rabia” es un brillante ejemplo de cómo un subgénero tan poco frecuentado en nuestro país como es el thriller romántico da de sí un film interesante, inteligente, atmosférico y crítico. Con esta enumeración de virtudes no estoy diciendo que se trate de un film casi perfecto, de hecho no lo es; se trata, eso sí, de una obra cuya originalidad y mérito se encuentra en el hecho de estar rodada casi por completo en una única localización, y resultar suficientemente ágil y entretenida gracias a ello, o a pesar de ello.

Cordero ha confecionado un guión que parte de la novela de Sergio Bizzio y que va más allá de la típica historia de misterio y sustos. En “Rabia” no solo encontramos un relato criminal de amenazantes consecuencias, también hay una historia de amor tan sincera como imposible, un discurso crítico sobre la lucha de clases sociales y una condena al trato racista y vejatorio que los inmigrantes reciben en nuestro país.

José María (estupendo Sánchez Parra que aunque muchos no lo recuerden era Jarocho en “Amores perros”) es un inmigrante ecuatoriano sin papeles que trabaja como peón en la construcción y que desde hace un tiempo mantiene una relación sentimental con Rosa (Martina García, a la que veremos pronto en “Biutiful”), una joven colombiana que sirve en el viejo caserón de un matrimonio adinerado, los Sres. Torres (Concha Velasco y Xavier Elorriága). José María es un hombre celoos, resentido y violento, cuyos oscuros instintos le llevan a matar accidentalmente al encargado – racistay mezquino - de la obra en la que trabaja, cuando éste le echa de la misma por motivos que nada tienen que ver con lo laboral. Perseguido por la policía, José María se esconderá en el desván del caserón donde trabaja Rosa sin que ésta ni nadie lo sepa. Allí será testigo mudo de la relacción que los Sres. Torres tienen con su novia y de la dependencia parasitaria que tienen sus hijos, Marimar (una fugaz Icíar Bollaín), que se acaba de separar, y Álvaro (el premiado Álex Brendemühl), que tiene problemas de alcoholísmo – herencia materna -, con ese matrimonio burgués, infeliz y desmembrado que ambos representan.

El viejo caserón situado en un sitio indeterminado del País Vasco se convierte en el refugio y a la postre trampa mortal del protagonista, un escenario que le ofrece múltiples posibilidades, quizás demasiadas, y eso le resta credibilidad al relato, debido en mayor medida a la sobreexposición a la que se arriesga el protagonista en varias ocasiones. Eso, y la imposibildad de hacernos una idea mental de la distribucción de la casa por mucho plano secuencia final que nos lo muestre, aunque el motivo parezca ser el escuchar por enésima vez una ranchera de Chavela Vargas, que el aclarar nuestras propias dudas.

Otro de los inconvenientes de “Rabia” es lo forzadas que resultan algunas situaciones y lo estereotipados que resultan personajes como el capataz de obra o el propio Álvaro, el hijo pijo-rebeldillo de los Torres. El asesinato y la violación no son más que recursos dramáticos, pero mientras que el asesinato es necesario para el desarrollo de la trama, la violación resulta injustificada, caprichosa, además de estar torpemente resuelta. Son trazos gruesos que en ningún caso desvirtuan el hecho de que se trate de un film que sorprende por lo atípico que resulta dentro de nuestras fronteras.
Pese a lo apuntado, Cordero ha creado un film muy interesante por el entorno en el que se desarrolla, por la estética que lo envuelve, por la tensión que crea y por conseguir sacar a una actriz tan encasillada como Concha Velasco de sus acomadados registros prototípicos. Un film que augura un buen futuro profesional al realizador ecuatoriano Sebastián Cordero.