domingo, 22 de febrero de 2009

Vals con Bashir

Coproducción entre Israel, Alemania y Francia, “Vals con Bashir” no es un film de animación al uso, no está orientada al público infantil y su recepción no ha sido tampoco la habitual de un film de sus características, dejó una huella a su paso por los Festivales de Cannes y Gijón, ha sido nominada a 4 premios del Cine Europeo, recibió el Globo de oro como mejor película extranjera y ahora aspira también al Oscar en la misma categoría, siendo la primera película de animación que ha logrado ese mérito.
El israelí Ari Folman, además de su director, guionista y productor es el protagonista del film, ya que la historia que cuenta es autobiográfica: Folman participó en la Guerra del Líbano y este film exorciza sus fantasmas de una manera surrealista. Un trabajo que le ha llevado 4 años y en el que ha contado con Yoni Goodman como director de animación y con David Polonsky como director artístico, quienes ha llegado a un estilo que se queda a medio camino entre la animación clásica y la animación Flash.

Cuando un viejo amigo le cuenta a Ari una recurrente pesadilla sobre 26 intimidadores perros que le acosan, éste llega a la conclusión de que tiene que estar relacionado a una misión que ambos realizaron para el ejército israelí a primeros de los 80. Como la memoria de Ari se ha deshecho de esos recuerdos, decide viajar por el mundo para reencontrarse con viejos compañeros de batalla y así desentrañar que ocurrió realmente y porqué esos hechos siguen torturando su subconsciente.
Este tercer film de Folman, requiere de una conocimiento político (cuya información el film elude aportar) necesario para comprenderlo, la masacre en los campos de refugiados de Sabra y Chatila sucedió como consecuencia directa del asesinato del mandatario libanés Bashir Gemayel por parte de una milicia cristiano-falangista aliada de Israel; el resultado 300 personas, la mayoría de ellas civiles, asesinadas cruelmente. Las Naciones Unidas lo calificaron de genocidio.

El film de Ari Folman trata de pedir perdón por estos trágicos e injustificables hechos sucedidos durante la Primera Guerra del Líbano (1982), aunque sea de un modo más simbólico que abiertamente evidente. El film es estéticamente impactante, musicalmente impecable (con el atrevimiento de combinar la música de Max Richter con canciones como el “Enola Gay” de OMD), pero el conjunto va desinflándose como un globo a medida que pasa el metraje – una hora y media escasa – y haciéndo que el interés decaiga por el desconocimiento de información necesaria para comprender los hechos y por el tono tan apagado con el que se desarrolla los mismos, provocando la falta de interés y el sopor. Las únicas imágenes que no son de animación, las finales, presentan una crudeza gratuita e innecesaria que no encajan dentro del conjunto general. Sin los premios recibidos este film israelí no habría tenido distribución, pero aún con todas las menciones recibidas no deja de resultar tan irregular como decepcionante.