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martes, 8 de febrero de 2011

Animal kingdom

Si “Animal kingdom” se ha abierto un hueco en nuestra cartelera en una época tan competitiva ha sido por las numerosas nominaciones recibidas a los premios AFI (los Oscar de la cinematografía australiana), por el premio del jurado obtenido en el Festival de Sundance y por unas críticas entusiastas generalizadas que en verdad no comparto. La ha exportado como un film independiente atípico y estilizado cuando en realidad la ópera prima de David Michôd es molestamente tediosa y efectista.

La escena que abre el film ya nos avisa de que el film que vamos a ver es muy, muy transgresor y original… la aparentemente idílica estampa familiar de un hijo viendo la televisión junto a su adormecida madre se rompe con la llegada de dos camilleros. La madre en realidad está muerta después de sufrir una sobredosis y el hijo, en efecto, tiene más interés en terminar de ver el concurso televisivo que en custodiar los restos mortales de su madre. A partir de ese momento “J” (encarnado muy discretamente por el casi debutante James Frecheville), como así llaman al chico, tendrá que irse a vivir con su familia materna, con la que había perdido todo contacto por imposición de su propia progenitora.

Esa familia que encabeza la abuela Janine (la veterana Jackie Weaver nominada al Oscar como actriz secundaria y que ha regresado recientemente de uno de sus muchos retiros) sus tres vástagos, Andrew (Ben Mendelsohn encarnando poco convincentemente a una bomba a punto de estallar), Darren (Luke Ford visto en la tercera parte de la saga “La momia”) y Craig (el televisivo Sullivan Stapleton), se dedican a la venta de drogas y tienen una guerra declarada con la policía que les acecha. El personaje de Weaver, esa abuela de fachada tan dulce que esconde la peor de las bestias, el autentico cerebro criminal de la familia y de lejos el personaje más interesante que encierra el film, junto al de Barry Brown (interpretado brevemente por el interesante Joel Edgerton), el brazo derecho de la banda familiar de delincuentes.

En un papel secundario el internacional Guy Pearce - muy especializado últimamente en papeles tan poco estelares como los de “En tierra hostil”, “La carretera” o “El discurso del Rey” – encarna al policía Nathan Leckie, todo lo contrario al hombre de acción, se trata de alguien calmado y dialogante que trata de sacar a “J del círculo de violencia en el que de forma casual se ha visto inmerso. El personaje de Pearce aporta más bien poco a la historia.

“Animal kingdom” nos presenta una cara desconocida y oscura de la ciudad de Melbourne en este drama familiar en el que la venganza tiene un papel protagónico y en el que el resultado de la misma salpica a todo y a todos. Michôd apuesta por escenas ralentizadas que subrayan su importancia y por golpes de efecto (aparentemente) sorprendentes. Entre medias tan solo un mortal aburrimiento. Extraño caso de incomprensible entusiasmo crítico hacia un film muy poco relevante.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Los próximos tres días

Los guiones que Paul Haggis firmó para Clint Eastwood (“Million dollar baby”, “Banderas de nuestros padres” y “Cartas de Iwo Jima”) le facilitaron una carrera como realizador que había iniciado una década antes de manera muy discreta con “Red hot” (1993) – un imposible drama musical ambientado en la Rusia de la guerra fría – después de trabajar en la televisión de manera rápida para productos de toda índole, de series reivindicables como “Treinta y tantos” o “La ley de los Ángeles” hasta mediocridades como “Walker: Texas Ranger”, pasando por productos tan avejentados como “Vacaciones en el mar”.
Con el film coral sobre la inmigración y los estratos sociales en una gran urbe como Los Ángeles, “Crash” (20004), recibió el favor de crítica y público – quizás de manera excesivamente eufórica se coronó con el Oscar a la mejor película del año – ; “En el valle de Elah” (2007) que criticaba la intervención americana en Iraq no obtuvo la respuesta esperada – los mayores reconocimientos se centraron en alabar la magistral interpretación de Tommy Lee Jones – y ahora nos llega su tercer empeño, “Los próximos tres días”, que nos presenta a un Haggis menos ambicioso, con el único objetivo de ponerse al servicio de una historia ligera que pretende hacernos pasar dos horas muy entretenidas.

Resulta curioso que Haggis se ponga al servicio de un material tan reciente como poco conocido – el film francés “Pour elle” interpretado por Vincent Lindon y Diane Kruger hace escasos dos años aunque estrenada directamente en video en nuestro país – para hacerse cargo de su remake americano contando ahora con la presencia de un actor tan comercial como Russell Crowe y de la emergente Elizabeth Ashley encarnando al matrimonio protagonista de una historia al límite.

La galería de secundarios es verdaderamente antológica, la guapa Olivia Wilde, el enorme Brian Dennehy, Daniel Stern, Trudie Styler y Liam Neeson en una única aunque impagable escena. Lastima que la presencia de la mayoría de ellos resulte injustificada para encarnar papeles con muy poca importancia.

La vida parece idílica para el matrimonio formado por John (un convincente Russell Crowe con todo el peso que perdió para “Robin Hood”), Lara (Elizabeth Ashley en el papel más complejo al que se ha enfrentado hasta la fecha) y su pequeño hijo Luke (Ty Simpkins) hasta que una mañana cualquiera Lara es detenida y acusada del asesinato de su jefa a la que le unía una archiconocida enemistad. Las pruebas que la incriminan son demasiado claras y se enfrenta a una condena de 20 años. Agotando todas las vías legales y creyendo firmemente en su inocencia, John decidirá traspasar los límites de la justicia metiéndose en una espiral de violencia con el objetivo de volver a reunir a su familia.

“Los próximos tres días” es un film muy entretenido pero muy desigual, tras una primera y pausada mitad le sigue una adrenalítica y casi surrealista segunda parte que llega a bordear el mayor de los ridículos. El empeño del guión por rizar el rizo y la incomprensible y descabellada resolución final terminan por dejar un regusto amargo. Pero lo cierto es que sí no le buscas tres pies al gato “Los próximos tres días” puede ser un estupendo divertimento en el que la primera hora de tensión sostenida puede hacernos creer que el film tomará la senda del drama y no la del típico cine de acción que termina por imponerse. A pesar de todo lo que pudo haber sido y no fue, resulta entretenida y hasta recomendable.

martes, 18 de enero de 2011

Camino a la libertad

Quien haya seguido un poco por encima este blog no les sorprenderá saber que reencontrarme con el cine del australiano Peter Weir es mucho más que un motivo de alegría, es motivo de celebración por dos razones: a) porque su carrera es un ejemplo de sobriedad y coherencia, y b) porque no suele prodigarse tanto como muchos desearíamos (este film que nos ocupa es su segundo trabajo en toda una década). Weir es un cineasta con mayúsculas, quizás el mejor de los que llegaron desde las antípodas, solo basta revisar títulos como “Gallipoli”, “Único testigo”, “La costa de los mosquitos”, “El show de Truman” o “Master & Commander” para entender y compartir mi afirmación.

“Camino a la libertad” está basado en las memorias del ruso Slavomir Rawicz, quien junto a otros compañeros se escaparon de un gulag en Siberia y lograron llegar hasta la India después de recorrer casi 7.000 kilómetros y de sortear todo tipo de situaciones climatológicamente adversas. Años después la BBC destapó que en realidad la supuesta autobiografía era un relato de lo que vivió otro soldado ruso a primeros de los 40. Poco importa sí sucedió realmente o no, el último film de Weir es un relato de aventuras y de supervivencia de primer orden.

Weir vuelve a enfrentar al hombre contra la naturaleza hostil, algo que ya hiciera en films como “La última ola” o “La costa de los mosquitos”, y la planificación y exhibición de escenarios naturales vuelve a ser uno de los puntos fuertes del film. Para dar la mayor verosimilitud posible el rodaje se repartió por 4 países (Bulgaria, Australia, Marruecos y la India). Peter sabe perfectamente como encuadrar paisajes aunque a estos ya no les acompañe la música del desaparecido Maurice Jarre (el encargado de sustituirle es el compositor alemán Burkhard Dallwitz quien ya musicó “El show de Truman”).

Todo empieza con una traición, Janusz (incorporado por el joven Jim Sturgess, un actor al que aún le falta bastante para abordar papeles como éste en el que tiene que ser un ejemplo de liderato), es acusado mediante coacción por su esposa de ser un espía. Janusz termina en un gulag en Siberia en el cual descubre que las alambradas no son los límites físicos de su prisión sino que lo es el basto y helado paisaje circundante el que hace prácticamente imposible la huida sin morir de hambre o de frío.
Después de un rápido plan a Janusz le acompañarán en su huida el Sr. Smith, un preso político americano (un magistral Ed Harris como acostumbra), Valka, un delincuente ruso de la peor calaña (un Colin Farrell que vuelve a recurrir a ese truco suyo de subir y bajar las cejas para demostrarnos que sabe actuar), el sacerdote Voss (interpretado por el sueco Gustaf Skarsgard, sin parentesco con Stellan), Kazik, un joven que sufre ceguera nocturna (el joven actor alemán Sebastian Urzendowsky se encarga de interpretarlo) y Tomasz (el rumano Alexandru Potocean, inolvidable en “4 meses, 3 semanas, 2 días”), el intelectual del grupo. En su epopeya por sobrevivir lucharán contra sus más primarios instintos y conocerán el significado de la palabra “compañerismo” más allá de los intereses particulares. Se unirá en última instancia una joven (Saoirse Ronan, vista recientemente en “The lovely bones”) que quiere dejar atrás un turbio pasado.

“Camino a la libertad” contiene imágenes muy duras (los evadidos comportándose como depredadores espantando a los lobos para comerse a un animal muerto, los espejismos en mitad del desierto del Gobi, etc) pero es ante todo una bella metáfora sobre la amistad, la lucha por sobrevivir y la capacidad para perdonar. Los espacios abiertos es, como ya he dicho, uno más de los personajes del este último film de Peter Weir, que aunque no alcance las excelencias de su anterior film (en parte por un ritmo algo desigual, un montaje algo torpe y un protagonista tan inadecuado como es Jim Sturgess) vuelve a confirmarnos que su cine es siempre es una lección de calidad. La única pega es que la media de disfrute de sus films está en dos películas por década, y eso es muy, muy poco.

miércoles, 5 de enero de 2011

Tron: Legacy

Resulta sorprendente y ciertamente atrevido que se ponga en marcha una secuela (aunque definirla así como veremos más adelante es equivocado) de un film, “Tron”, que hace 27 años no hizo dinero – cubrió costes únicamente – ni recibió buenas críticas – un guión algo infantil e ingenuo tuvo mucha culpa de ello - , aunque poco a poco haya adquirido un cariño popular tan generalizado que lo ha convertido en un título de culto. El mayor mérito de “Tron” fue el tratarse del primer film que contaba con escenarios completamente virtuales, realizados de una manera artesanal y muy laboriosa. Fue sin duda una apuesta arriesgada de la Disney, fracasada en su día y que el tiempo, por algún extraño motivo se encargó de ensalzar.

“Tron: Legacy” llega precedida de una campaña de marketing agresiva donde las haya, desde que se anunciara su existencia en el Comic.con de hace un par de ediciones. Su larga post-producción ha conseguido que su estreno se esperara con impaciencia… o eso se creía, porque a la hora de la verdad sus cifras han dejado bastante que desear al tratarse de un film que ha tenido un presupuesto desmesurado que se ha disparado por encima de los 300 millones de dólares. “Tron: Legacy” lleva camino de convertirse en un film tan incomprendido como lo fue su predecesor hace casi tres décadas. La historia se repite.

El debutante Joseph Kosinski, proveniente del mundo de los videojuegos, toma el testigo de Steven Lisberger haciendo que su film más que una secuela del original sea una revisitación del mismo realizada con más medios de la más rabiosa actualidad, logrando que la comparación de ambos nos haga pensar que en vez de 30 hayan pasado 300 años entre uno y otro. “Tron: Legacy” a grandes rasgos cuenta lo mismo que “Tron”, con el aditivo de un componente filosófico-existencial que no sólo no le hace ningún bien sino que supone los momentos en los que el film cae en un mayor ridículo. La primera, al menos, era un experimento sin grandes aspiraciones más allá de entretener, aunque lo cierto es que era algo aburrida.
Podría decirse que se trata de un film repleto de buenas intenciones que optó por seguir el camino fácil, el de enfocarlo para un público joven eligiendo a actores tan resultones como pueden ser Garrett Hedlum u Olivia Wilde como reclamo, aunque el personaje de la segunda no tenga ninguna solidez ni justificación. El apabullante espectáculo visual que en sí es el film queda malogrado por un guión totalmente previsible, sin garra, y el homenaje arriesgado y merecido a “Tron” (un film que al no ser una obra maestra precisamente sí que se prestaba a una reinterpretación) que podría haber dejado para la posteridad un film fantástico de referencia se queda en tierra de nadie. Ni molesta ni apasiona.

Afortunadamente Jeff Bridges decidió repetir el papel del programador Kevin Flynn, quien con el paso de los años se ha convertido en una especie de profeta zen pachorrón y conformista que poco tiene que ver con el Flynn arrogante e intrépido al que conocimos hace casi 30 años. Bridges, como siempre, cumple aunque “Tron: Legacy” no llenará de premios sus repisas. Más testimonial es la presencia de Bruce Boxleitner, que era Tron en la primera parte y que aquí supone un guiño sentimental al film precedente (a David Warner y Cindy Morgan ni siquiera se les brindó esta oportunidad). El ascendente Michael Sheen tiene a su cargo un breve papel totalmente prescindible en el que da rienda suelta a su histrionismo.

Mención aparte merece la “nemesis” de Bridges, ese Clu 2.0 que se ha extraído de la imagen que presentaba el célebre actor en el film “Contra todo riesgo” y que sí bien ha conseguido notables mejoras con respecto a films en los que ya trabajaron el crear personajes virtuales a través de los gestos y movimientos de conocidos actores como “Polar Express”, “Beowulf” o “Cuento de navidad”, no logra un absoluto realismo, la falta de brillo en los ojos (por fortuna) aún les distingue de los verdaderos actores. Bridges vence con facilidad al Bridges 2.0.
Si por algo sí pasará a la historia “Tron: Legacy” será por la magistral Ópera electrónica (con Obertura y Finale incluídos) que ha compuesto el dúo francés “Daft Punk” para el film que será fruto de estudio en un futuro. Una lástima que “Tron: Legacy” no tuviera la ambición de conformar un film para un público algo más exigente e intelectual porque ahora esos planes de hacer una trilogía pienso que se quedarán en el tintero.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Neds (No educados y delincuentes)

La faceta de Peter Mullan como director podría haber quedado en una mera anécdota de haberse rendido por la escasa notoriedad y distribución que tuvo su primer film, “Orphans” (1997), y no hubiese dirigido la desgarradora “Las hermanas de la Magdalena” (2002) – habiendo visto el film que nos ocupa puedo afirmar que éste sigue siendo el trabajo más sólido que hasta ahora ha firmado – que se llevó el premio gordo del Festival de Venecia, beneficiándose de la promoción añadida que esto supone. Ahora nos llega su tercer trabajo, “Neds”, que vuelve a ahondar, desde un angulo distinto, en la represión sufrida por los jóvenes en la Inglaterra de hace escasas dos décadas. “Neds” viene precedida por su éxito en el Festival de San Sebastián donde se alzó con la Concha de oro y un premio interpretativo para su desconocido protagonista Conor McCarron.

Con unos precedentes así sorprende comprobar que finalmente “Neds” no es un film especialmente memorable y que este retrato de la violenta y desencantada juventud del Glasgow de 1973 no resulta ni covincente ni emocionante. Carece por completo del realismo prototípico del cine de Ken Loach – cineasta con el que incansablemente se ha asociado estilísticamente este film – con el que Mullan consiguió su interpretación más laureada. Hablo, ¿cómo no?, de “Mi nombre es Joe” (1998).

La falta de credibilidad antes mencionada se debe al hecho de que las interpretaciones por lo general dejan mucho que desear (McCarron no está mal pero tampoco tan brillante como han tratado de hacernos ver), a que la historia resulta extremista y caprichosamente efectista, y al uso innecesario de situaciones ligeramente cómicas y de personajes paródicos – como el del padre borracho del protagonista que se reserva Mullan y que al parecer está ligeramente inspirado en su padre –. En “Las hermanas de la Magdalena” Mullan también se adjudicó un papel breve y poco agradecido.

“Neds” cuenta la historia de John McGill, un joven de familia humilde con mucha capacidad para los estudios que se ve superado por el entorno circundante - un padre violento y alcohólico, un hermano mayor que forma parte de una banda de maleantes y un grupo de amigos que tampoco son un ejemplo de sensatez precisamente – alejándose del buen camino para sumarse a esa preocupante gráfica de jóvenes desempleados enrabietados con la sociedad que les ha tocado vivir. Para Mullan la falta de una formación elemental unido a un ambiente poco propicio es garantía más que suficiente para que una persona elija el camino equivocado, el de la delinquencia y la marginalidad.

Durante dos horas seremos testigos de la rebeldía e insatisfacción de toda una generación, de las brutales peleas entra bandas, de las venganzas y de las traiciones que asolan en su seno. También conoceremos la sensación de miedo e impotencia que sufren sus familiares. Todo ello culminará en un poético plano final, tan aterrador como abierto a interpretaciones, que no cambiará el hecho de que “Neds” pese a su interés inicial terminé convertida en una pequeña decepción por despertar una serie de expectativas que finalmente no cumple.

sábado, 11 de diciembre de 2010

La red social

A estas alturas no cabe duda de que David Fincher es un realizador prácticamente infalible, sabe muy bien lo que el público demanda, y lo que es mejor, sabe perfectamente como presentárselo. Desde que debutara discretamente en “Alien 3” (1992), salvo contadas ocasiones, sus films han resultado novedosos, creativos y estimulantes, no obstante a pesar de no ser demasiado prolífico ya cuenta con al menos tres clásicos en su filmografía, “Seven” (1995), “El club de la lucha” (1999) – aunque afirmarlo siempre pueda resultar algo polémico para algunos –, y “Zodiac” (2007) en la que recuperó el espíritu de las mejores películas policiacas de los 70. “La red social” quizás nunca entre en este selecto club pero es un film de lo más interesante y de lo más conseguido… a pesar de las lógicas reticencias iniciales.

Esa desconfianza se debía al hecho de que los sucesos que se narran se produjeron apenas hace 6 años y por lo tanto carecen de la perspectiva que otorga la distancia, pero el ritmo que Fincher otorga a su film, el modo en el que éste está estructurado, sumado al portentoso guión de Aaron Sorkin (cabeza pensante de la serie “El ala oeste de la Casa Blanca”) hacen que el film se revele como una autentica sorpresa, muy convincente gracias al acertado elenco protagonista. Visto lo visto el binomio Fincher-Sorkin podrían hacer apasionante hasta un biopic sobre Paris Hilton.
“La red social” explica la génesis, la concepción y el crecimiento imparable del fenómeno social – si no el más importante sí el más lucrativo – más apabullante de la primera década del siglo XXI. El relato lejos de optar por el camino de la épica o el triunfalismo se muestra más interesado en mostrar la otra cara de la moneda, el de cómo la ambición, la falta de escrupulos y el dinero están siempre por encima de la amistad y de las buenas intenciones.

Marc Zuckerberg (un Jesse Eisenberg que borda a ese genio asocial y engreído recientemente elegido personaje más influyente del año) a raíz de un desengaño con la chica de sus sueño, Erica (Rooney Mara, la hermana de Kate, quién repetirá próximamente con Fincher en su adaptación de la trilogía “Millennium”) y también con unas pequeñas dosis de ingenio prestado o robado ( que cada no piense lo que quiera porque en el film tampoco le dan a ese detalle excesiva importancia) desarrolla una red para hacer contactos entre los alumnos de Harvard. Con el apoyo moral y el asesoramiento jurídico de Eduardo Saverin (estupendo Andrew Garfield, elegido para ser el próximo “Spiderman”) y con la aportación agresiva y desalmada que aporta el que fuera el creador de Napster, Sean Parker (Justin Timberlake en su mejor interpretación hasta la fecha) un ingenuo proyecto universitario terminará convirtiéndose en una compañía llamada Facebook que en 6 años tenía un valor de más de 25.000 millones de dólares. En esa vorágine de cifras, la deslealtad, los intereses y las demandas astronómicas están a la orden del día.

Basado en el libro “Billonarios por accidente” – en el que participó de manera activa el propio Eduardo, co-creador de Facebook caído en desgracia – sí es que a poseer un 0’3% de una empresa con ese capital se le puede llamar desgracia –, el film se centra en los litigios que afronta Zuckerberg – el multimillonario más joven del mundo – para ir ensamblando a modo de flashbacks los prolegómenos del origen del brillante invento y de su consiguiente conflicto.
Parte del merito del rítmo imprimido al film y de éste se pueda seguir con facilidad – y eso que contiene numerosas conversaciones tan aceleradas como la mente pensante de quien las pronucia, la mente de Marc - les corresponde a los dos montadores del film, Kirk Baxter (“El curioso caso de Benjamin Button”) y Angus Wall (“Zodiac” y “La habitación del pánico”), acostumbrados a recomponer todo lo que Fincher rueda y me consta que es mucho. También es interesante comprobar el resultado de la colaboración de un compositor con tan poco bagaje como Atticus Ross con Trent Reznor – líder de los “Nine Inch Nails” – quien por primera vez firma un score.

Aunque analizo este film con bastante retraso y ya sabiendo que ha sido considerado para 6 Globos de oro (película de drama, director, actor de drama, actor secundario, guión y banda sonora) opino que al final al film se la magnificará más de lo necesario porque está lejos de ser el film del año como algunos han llegado a catalogarlo. En resumen un film efectivo, que no brillante, que tiene la suerte de contar con la arquitectura fina y firme del mejor Aaron Sorkin, y ese Señor da una lección de cómo contar una historia aparentemente insustancial y sí que realmente se merece recibir un Globo de Oro y hasta un Oscar si me apurais. El joven reparto – magnífico, es cierto – tendrán mucho más contra lo que competir. Muy entretenida… pero tampoco nos pasemos de la raya con ella.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Biutiful

El cuarto film de Alejandro González Iñárritu después de los éxitos críticos de “Amores perros” (2000), “21 gramos” (2003) y “Babel” (2006) presenta algunas variantes respecto a los anteriores, la ausencia del guionista Guillermo Arriaga – la lucha de egos con el cineasta mexicano le hizo emprender su propio camino dirigiendo la interesante “Lejos de la tierra quemada” (2008) –, el prescindir del esquema de las tres historias independientes que se cruzan trágicamente en un punto – en “Biutiful” se tejen varias historias que siempre tienen que ver con un personaje central, el de Uxbal –, la elección de un único enclave geográfico en el que situar las tramas – después del caos logístico que debió suponer “Babel”, su film más ambicioso hasta la fecha –, y por último el otorgar a un solo actor – un omnipresente y magistral Javier Bardem – toda la carga dramática del film, y a la vez la responsabilidad de que el proyecto no naufrage. La trabajada actuación de Bardem es en gran medida responsable de que “Biutiful” sea una experiencia tan desoladora como necesaria.

El film nos ofrece una imagen de Barcelona muy diferente a la que vemos en las postales turísticas – es un reverso de “Vicky Cristina Barcelona” y algo similar a lo que Winterbottom hizo en “Genova”, por explicarlo de algún modo –, mostrando su lado más marginal, ruidoso y sucio. La Barcelona en la que cohabitan todo tipo de etnias y en la que las mafias sacan tajada de la economía sumergida, explotando a trabajadores ilegales que soportan condiciones infrahumanas.

Uxbal (un Bardem en estado de gracia como antes he mencionado) es un superviviente de los suburbios barceloneses, ejerce de intermediaro entre la policía corrupta y las mafias, y entre éstas y los inmigrantes que trabajan hacinados en talleres clandestinos. Uxbal además parece tener un don para comunicarse con los muertos, los mensajes que obtiene de ellos reconfortan a los familiares y así él obtiene otro dinero extra. Uxbal al igual que todos se aprovecha de la grave situación socio-económica en beneficio propio.
Si la vida laboral de Uxbal es a salto de mata, la familiar no está mucho más asentada. Cuida de sus dos hijos y evita en la medida de lo posible que éstos tengan demasiado contacto con su ex-mujer, Marambra (la debutante y sorprendentemente convincente Maricel Álvarez), alcóholica y con un acusado trastorno bipolar. En una visita al médico el frágil universo de Uxbal se desmorona, padece un cáncer de próstata terminal y cuenta con muy poco tiempo para enmendar sus muchos errores y para encontrar alguien decente que cuide de sus hijos y les mantenga alejados del ambiente tan putrefacto en el que viven. Esas personas, obviamente, no pueden ser ni Marambra ni su hermano Tito (Eduard Fernández), un cocainónamo que se dedica al trapicheo.

“Biutiful” es el drama desgarrador de un hombre enfrentado repentinamente a la recta final de su vida y de cómo los lazos familiares que le atan a la misma le hacen más difícil la partida. Uxbal piensa que su mal se debe a un castigo divino y lo que más le atormenta es pensar que sus hijos aún son pequeños y le necesitan, le desengaña el personaje interpretado por Ana Wagener en una de las frases más inspiradas del largo metraje: “tú nunca has cuidado de tus hijos, es el universo quien se encarga de cuidarlos”. A pesar de lo que pueda parecer “Biutiful” termina siendo más vitalista de lo que cabría imaginar y no se prescinde de unos pequeños rayos de esperanza.
Como bien dice Iñárritu la muerte no debería de ser un tabú, al fin y al cabo forma parte de la vida y da sentido a la misma. Forma parte del contrato que firmamos al nacer. Antes he mencionado que “Biutiful” es un film necesario y verdaderamente lo pienso porque tiene la valentía de mostrar los temores más humanos y porque sin caer en sentimentalismos tiene el coraje de mirar al diablo directamente a los ojos.

Trágica, melancólica, experimental – el uso del score de Gustavo Santaolalla es muy arriesgado y creativo -, nerviosa – el montaje de Stephen Mirrione, la fotografía de Rodrigo Prieto y el sonido de José Antonio García ayudan sobremanera a sumergirnos dentro de la pesadilla – incluso molesta – algunas conversaciones se integran entre capas y capas de ruido que a veces es hasta complicado seguirlas – llega a ser “Biutiful”, un film en el que nada es aleatorio, todo está calculado milimétricamente. Acceder al universo de González Iñárritu supone siempre un duro viaje emocional al que no todo el mundo está dispuesto a prestarse pero del que casi siempre se sale enriquecido. “Biutiful”, a pesar algunas opiniones que había leído antes de juzgar por mí mismo, se encuentra perfectamente integrada en el resto de su obra y está a la altura de la misma.

lunes, 11 de octubre de 2010

Machete

La columna vertebral de este film se ideó hace 18 años, mucho antes de que se encajara como falso trailer – para muchos mejor que el propio film al que antecedía – del segmento que Robert Rodríguez orquestó para esa sesión doble conocida como “Grindhouse” (2007) y que en nuestro país llegó desmembrada debido al inesperado pinchazo en el mercado USA, con la intención así de hacer doble caja con este homenaje a la serie B de los años 70 y con el ligeramente superior que rodó Quentin Tarantino.

Mucho antes de que una película de exiguo presupuesto como “El mariachi” (1992) – que costó unos 7.000 dólares de la época – le convirtiera en un reconocido – más por el público que por la crítica – cineasta surgido de tierras mexicanas, ya estaba en la mente de Rodríguez el generar una corriente similar al “blackexplotation”, un cine meramente afroamericano en el que entremezclaban un cine policíaco con dósis de sexo gratuito y que tuvo su propio mercado a primeros de los 70. “Machete” es – como en su día fuera “Las noches rojas de Harlem” (1971) – la punta de lanza de ese intento por internacionalizar la cultura tex-mex y de instaurar un héroe de acción mexicano representado por ese taciturno, musculado, tatuado y bigotudo que incorpora el veterano Danny Trejo, en su primer papel protagónico.

Si “Planet terror” ya era un festival de referencias al cine fantástico de bajo presupuesto y un delirio desmesurado donde los haya, “Machete” va aún más allá recuperando al Rodríguez más incorrecto, salvaje y sangriento. Detrás de los litros de hemoglobina y de los kilos de casquería el film cuenta con una crítica implacable al gobierno americano y a sus leyes de anti-inmigración. Resulta increible que al público americano pudiera divertirle la imagen de que ellos se da en “Machete”, de hecho no debió hacerles demasiada gracia porque las recaudaciones allí obtenidas no han cumplido en absoluto con las expectativas.

Machete (el omnipresente Danny Trejo), es un agente federal que trata de acorralar a un importante capo de la mafia, Torrez (un Steven Seagal con un sobrepeso preocupante y con el mismo rostro mimético de siempre) quien para dejar las cosas claras de quien es el que verdaderamente manda, mata a su mujer y su hija delante de él. Años después Machete trata de vengarse de Torrez en medio de un ambiente muy crispado por la campaña política del Senador McLaughlin (un Robert de Niro muy fuera de lugar) en contra de los mexicanos a los cuales considera poco menos que cucarachas, y por los sangrientos metodos de frenar a los espaldas mojadas por parte del Sheriff Stillman (un recuperado Don Johnson).
Mientras tanto la agente Sartana (Jessica Alba, una habitual ya del cine de Rodríguez), trata de destapar una red ilegal de inmigración liderada por Luz (encarnada por la machuna pero bellísima Michelle Rodríguez). Machete recibe un lucrativo encargo por parte de un importante empresario (Jeff Fahey, que también aparecía en el trailer primigenio): asesinar al Senador McLaughlin. Pero cuando descubra que se trata todo de una trampa a Machete no se le ocurrirá otra cosa que seducir a la mujer (Alicia Rachel Marek) y la hija (una Lindsay Lohan que se ríe de su imagen díscola disfrazándose de monja) del empresario como venganza, porque a Machete en artes amatorias no hay quien le haga sombra.

Si algo hay que alabarle a “Machete” es la capacidad que tienen los actores para reírse de sí mismos, los ya citados más Cheech Marin – que interpreta a un cura muy atípico – y el maquillador Tom Savini, quien ya hizo una impagable aparición en “Planet terror”. El film tiene también la osadía de meter la barbarie suficiente como para hacer que muchos espectadores salgan indignados de las salas si no saben muy bien lo que han ido a ver; y de incluir diálogos que en muchas ocasiones rozan lo risible, pero es que “Machete” no está hecha para que nos la tomaramos en serio, es puro divertimento hiperviolento como en su día lo fuera “Kill Bill”, otra historia de venganza al fin y al cabo, aunque el poso que dejaba aquella no lo deja el film que nos ocupa. Creo que acerté cuando comenté a un amigo que “Machete” me divirtió aunque habría podido sobrevivir perfectamente a no verla, porque aún con esa crítica implícita, la realidad es que el film es totalmente intrascendente.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Buried (Enterrado)

El anterior film del orensano Rodrigo Cortés, “Concursante” (2007), además de suponer su debút en el largo fue un visto y no visto en las cartelera española, a pesar de que la crítica no tuvo más que buenas palabras para ella. Tres años después Cortés regresa con una película que ha supuesto un autentico desafío técnico y creativo, su guión llevaba bastante tiempo dando vueltas, a todo el mundo le gustaba pero nadie consideraba que pudiera realizarse. La cuestión era: “¿cómo hacer emocionante y ágil una película que durante 90 minutos cuenta con un solo personaje en una única localización?”. A la vista de los resultados “Buried (Enterrado)” ha superado con éxito el reto al que solamente se habría expuesto un director que como Cortés ande sobrado de ambición y de seguridad en sí mismo.

El que fuera denominado como “el guión más barato de la historia” – aunque a la hora de la verdad el film ha contado con un presupuesto más que aceptable de 3 millones de euros – se rodó finalmente en un polígono industrial de Cornellá en 11 días en julio del pasado año, y sí el rodaje fue acelerado, el montaje no lo fue menos. Nada hace pensar viendo “Buried (Enterrado)” que tenga un acabado casual o precipitado, sí por algo brilla el film es por el cuidado con el que se han tratado aspectos como la iluminación y el montaje, y por un uso magistral, arriesgado y reinventivo de la cámara. Por no hablar, claro, de una sorprendente actuación por parte de un actor del que no se esperaba demasiado y de un guión que aunque sobradamente comercial no deja de lanzar punteros dardos críticos.
Paul Conroy (un como ya he mencionado sorprendente Ryan Reynolds) es un transportista americano que trabaja en Iraq y que es atacado por unos insurgentes, cuando despierta descubre que ha sido enterrado en un ataúd de 3 x 1 m para forzar así que el gobierno americano pague 5 millones de dólares por su rescate. Paul cuenta con un mechero zippo, un móvil con poca batería y un lápiz como únicos instrumentos con los que aferrarse a la esperanza de ser liberado.

Un personaje tan estático requería de un actor capaz de transmitir una amplia gama de emociones, y ese actor contra todo pronóstico ha resultado ser Ryan Reynolds, muy experimentado en comedias y en films de acción física pero con poco rodaje como actor dramático. Su actuación es impecable, matizada y sin caer en la sobreactuación. Probablemente con este trabajo deje de ser para muchos tan sólo el marido de Scarlett Johansson.

“Buried (Enterrado)” es un alarde de virtuosísmo técnico que aprovecha al máximo su escasa libertad de movimiento, encontrando el camino más certero posible entre las limitaciones. Sin renunciar a ser un espectáculo visual supone también una experiencia demoledora; el film es verdadero mazazo que no recurre a tomar atajos cobardes ni complacientes con la audiencia. Las voces que salen del teléfono de Paul – muy variadas entre las que se encuentran las de Samantha Mathis, José Luis García Pérez o Stephen Tobolowsky entre otros – van creando el creciente suspense además de otorgarnos la información vital para entender todo el alcance de una historia que no deja de ser la lucha de David contra Goliath, es decir el individuo contra el sistema.

¿Es un film comercial o intimista?. En realidad es una mezcla de ambos, la parte comercial la ponen la aparición de una amenazadora serpiente, la arena entrando dentro del ataúd, un revelador video enviado al movil de Paul, etc; la nota introspectiva la pone la soledad, el abandono y la indefensión que siente el protagonista cuando empieza a perder la esperanza por poner su vida en manos de una burocracia torpe, lenta y caprichosa.
En resumidas cuentas se trata de un film que abruma y conmueve a partes iguales, es difícil pensar en ponerse al servicio de la historia una segunda vez – aunque a decir verdad su virtuoso montaje será el centro de muchos estudios – aunque todo parece indicar que el film será todo un éxito, su estreno se hará simultaneamente en 5.000 salas de todo el mundo, el mayor despliege mediático que ha tenido nunca un film español. Ya sea por su faceta como director o montador ¡vamos a tener Rodrigo Cortés para rato!.

lunes, 4 de octubre de 2010

El americano

Resulta curioso, y hasta cierto punto sorprendente, encontrar detrás de este atípico thriller al afamado fotógrafo holandés Anton Corbijn, porque en este su segundo largometraje – después de deslumbrar hace tres años con “Control” – abandona su hábitat natural (el mundo musical) y su particular modo de retratarlo (con un sobreexpuesto blanco y negro). “El americano” no es un film tan personal como fuera el biopic sobre el cantante de Joy Division, se trata de una obra de encargo de la productora que poseen George Clooney y Grant Heslov, quienes quizás buscaban darle un enfoque europeo a esta producción tan diametralmente opuesta a los thrillers financiados con capital americano.

“El americano” es una película muy estetica, reposada y contemplativa, cuyo mínimo argumento – un guión de Rowan Joffe basado en la novela de Martin Booth – perfectamente podría haberse narrado en un cortometraje. Corbijn ha convertido la salvaje región italiana de Abruzzo – se rodó poco tiempo después del terremoto de 2009 – en un personaje más del film, con el cual rellenar innumerables planos, las rutinas y del devenir del personaje protagonista. Además de los detalles paisajísticos, el film está repleto de miradas, de silencios y de pequeños detalles. “El americano” es un film atemporal que estilísticamente se acerca al tipo de film policiaco rodado en Francia durante la década de los 70 con actores como Lino Ventura, Alain Delon, Yves Montand o Jean-Paul Belmondo como protagonistas.

También es posible encontrar reminiscencias – y eso no lo ha ocultado ni su realizador – de los spaguetti-westerns italianos con un obligado homenaje al más grande de sus artífices, Sergio Leone y a una de sus secuencias más míticas, el ralentizado tiroteo de “Hasta que llegó su hora” con la impagable mirada azulada de Henry Fonda. El argumento de “El americano” parece una actualización de cualquiera de aquellos films rodados en el almeriense desierto de Tabernas. Su esquema básico es ciertamente muy similar: Un hombre misterioso del que nunca llegamos a saber su nombre llega a una pequeña comunidad huyendo de algo; allí se ocultará hasta el momento en el que sea inevitable el librar un duelo final.

El americano (un esforzado George Clooney en el cual la cámara de Corbijn se recrea) es un asesino a sueldo cuyo último encargo no terminó como se esperaba, en espera de que las cosas se apacigüen es enviado a un pequeño pueblo al sur de Italia con la idea de pasar desapercibido. Allí se hará cargo de un trabajo sencillo, suministrar una preciso fusil a una misteriosa mujer (interpretada por la sueca Irina Björklund), mientras establece una extaña relación con el cura del pueblo (el veterano actor romano Paolo Bonacelli) y comienza un romance con una joven prostituta (encarnada por la guapa Violante Placido, hija del célebre actor Michele Placido). Los planes de jubilación para alguien que ha vivido del crimen no resultan fáciles.

Preciosista y milimétrica para unos, exasperante y mínima para otros, “El americano” no tiene nada en común con el modelo de films tipo “El caso Bourne” o “The international”. Las escenas de acción (que son escasas) no brillan precisamente por su virtuosismo, “El americano” se emplea más en crear una tensión sostenida y en cuidar al máximo los marcos, los encuadres, los planos, etc. Su inesperado éxito se debe al tirón comercial de su protagonista porque desde luego este film no se creó con la voluntad de dejar al público sin aliento. Se trata por tanto de un interesante e interiorizado film que ahonda en la mente de un atormentado asesino y que nos insinua que en algunos casos el destino ya está más que escrito.