sábado, 4 de diciembre de 2010

Biutiful

El cuarto film de Alejandro González Iñárritu después de los éxitos críticos de “Amores perros” (2000), “21 gramos” (2003) y “Babel” (2006) presenta algunas variantes respecto a los anteriores, la ausencia del guionista Guillermo Arriaga – la lucha de egos con el cineasta mexicano le hizo emprender su propio camino dirigiendo la interesante “Lejos de la tierra quemada” (2008) –, el prescindir del esquema de las tres historias independientes que se cruzan trágicamente en un punto – en “Biutiful” se tejen varias historias que siempre tienen que ver con un personaje central, el de Uxbal –, la elección de un único enclave geográfico en el que situar las tramas – después del caos logístico que debió suponer “Babel”, su film más ambicioso hasta la fecha –, y por último el otorgar a un solo actor – un omnipresente y magistral Javier Bardem – toda la carga dramática del film, y a la vez la responsabilidad de que el proyecto no naufrage. La trabajada actuación de Bardem es en gran medida responsable de que “Biutiful” sea una experiencia tan desoladora como necesaria.

El film nos ofrece una imagen de Barcelona muy diferente a la que vemos en las postales turísticas – es un reverso de “Vicky Cristina Barcelona” y algo similar a lo que Winterbottom hizo en “Genova”, por explicarlo de algún modo –, mostrando su lado más marginal, ruidoso y sucio. La Barcelona en la que cohabitan todo tipo de etnias y en la que las mafias sacan tajada de la economía sumergida, explotando a trabajadores ilegales que soportan condiciones infrahumanas.

Uxbal (un Bardem en estado de gracia como antes he mencionado) es un superviviente de los suburbios barceloneses, ejerce de intermediaro entre la policía corrupta y las mafias, y entre éstas y los inmigrantes que trabajan hacinados en talleres clandestinos. Uxbal además parece tener un don para comunicarse con los muertos, los mensajes que obtiene de ellos reconfortan a los familiares y así él obtiene otro dinero extra. Uxbal al igual que todos se aprovecha de la grave situación socio-económica en beneficio propio.
Si la vida laboral de Uxbal es a salto de mata, la familiar no está mucho más asentada. Cuida de sus dos hijos y evita en la medida de lo posible que éstos tengan demasiado contacto con su ex-mujer, Marambra (la debutante y sorprendentemente convincente Maricel Álvarez), alcóholica y con un acusado trastorno bipolar. En una visita al médico el frágil universo de Uxbal se desmorona, padece un cáncer de próstata terminal y cuenta con muy poco tiempo para enmendar sus muchos errores y para encontrar alguien decente que cuide de sus hijos y les mantenga alejados del ambiente tan putrefacto en el que viven. Esas personas, obviamente, no pueden ser ni Marambra ni su hermano Tito (Eduard Fernández), un cocainónamo que se dedica al trapicheo.

“Biutiful” es el drama desgarrador de un hombre enfrentado repentinamente a la recta final de su vida y de cómo los lazos familiares que le atan a la misma le hacen más difícil la partida. Uxbal piensa que su mal se debe a un castigo divino y lo que más le atormenta es pensar que sus hijos aún son pequeños y le necesitan, le desengaña el personaje interpretado por Ana Wagener en una de las frases más inspiradas del largo metraje: “tú nunca has cuidado de tus hijos, es el universo quien se encarga de cuidarlos”. A pesar de lo que pueda parecer “Biutiful” termina siendo más vitalista de lo que cabría imaginar y no se prescinde de unos pequeños rayos de esperanza.
Como bien dice Iñárritu la muerte no debería de ser un tabú, al fin y al cabo forma parte de la vida y da sentido a la misma. Forma parte del contrato que firmamos al nacer. Antes he mencionado que “Biutiful” es un film necesario y verdaderamente lo pienso porque tiene la valentía de mostrar los temores más humanos y porque sin caer en sentimentalismos tiene el coraje de mirar al diablo directamente a los ojos.

Trágica, melancólica, experimental – el uso del score de Gustavo Santaolalla es muy arriesgado y creativo -, nerviosa – el montaje de Stephen Mirrione, la fotografía de Rodrigo Prieto y el sonido de José Antonio García ayudan sobremanera a sumergirnos dentro de la pesadilla – incluso molesta – algunas conversaciones se integran entre capas y capas de ruido que a veces es hasta complicado seguirlas – llega a ser “Biutiful”, un film en el que nada es aleatorio, todo está calculado milimétricamente. Acceder al universo de González Iñárritu supone siempre un duro viaje emocional al que no todo el mundo está dispuesto a prestarse pero del que casi siempre se sale enriquecido. “Biutiful”, a pesar algunas opiniones que había leído antes de juzgar por mí mismo, se encuentra perfectamente integrada en el resto de su obra y está a la altura de la misma.